Teodoro Santana
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Cuando los comunistas preconizamos la
necesidad de una revolución socialista, lo hacemos desde el
convencimiento de que esta revolución hará que la gente viva mejor.
Sería criminal involucrar a millones de personas en un esfuerzo y un
sacrificio de tal magnitud para vivir peor. Y cuando hablamos de vivir mejor
no nos referimos sólo a una mejora espiritual, sino material:
liberando las fuerzas productivas que el capitalismo constriñe y
destruye y poniéndolas al servicio y en beneficio de la mayoría de la
sociedad.
A diferencia de otros tipos de
“socialismo”, el fundamentado en la ciencia y desarrollado
principalmente por Marx y Lenin, no parte de lo que a nosotros nos
gustaría que fuera la sociedad, de la “utopía” o “debe ser”. Por el
contrario, parte de la realidad del capitalismo y de las leyes
económicas que le son inherentes. No es casual que la obra principal de
Marx no se llame “El Socialismo” sino “El Capital”.
De la misma manera, tenemos claro que el
paso del capitalismo al socialismo no se produce de la noche a la mañana
ni por decreto. Se trata de un largo periodo histórico de transición en
que, al igual que en el capitalismo existen formas de propiedad
socialistas (empresas públicas, sociedades anónimas laborales,
cooperativas, etc.), subsistirán por un largo tiempo formas de propiedad
capitalistas. Lo importante es en manos de qué clase social está el
Estado, como se distribuye la riqueza y en qué dirección se avanza.
Igualmente, en aquellos países con unas
fuerzas productivas muy atrasadas, las revoluciones socialistas tendrán
que apoyarse durante un prolongado periodo de tiempo en el “bastón” de
las inversiones de capital y tecnología extranjeras, hasta poder caminar
únicamente sobre sus propios pies teniendo un desarrollo de las fuerzas
productivas superior a las del capitalismo. Lo importante es que
durante todo este proceso, las fuerzas revolucionarias mantengan el
poder político, la defensa de los intereses populares y la claridad de
la estrategia de avance al socialismo.
A diferencia de las sociedades de economía natural (es decir, en las que el grueso de la producción es para el autoconsumo), como el feudalismo, el capitalismo es una economía mercantil:
se produce para la esfera de circulación de mercancías, para el
mercado. En el socialismo también se produce para el intercambio, para
el mercado. Como demuestra Marx en El Capital, es en el mercado donde se
determina el valor de uso de las mercancías y la magnitud de su valor
(de cambio). Quiere esto decir que el valor de las mercancías no se
establece en un plan quinquenal ni por inspiración divina.
Por lo tanto, en el socialismo habrá mercado, y el socialismo habrá de ser, necesariamente, socialismo de mercado.
Quienes niegan el mercado son como los que negaban la ley de la
gravedad aduciendo que las cosas no caían por la gravitación sino “por
su propio peso”. Al final la realidad se impone por sí misma, bien como
mercado reconocido, bien como mercado negro.
Lógicamente, el mercado nunca es “libre”:
siempre está regulado. Bajo el capitalismo se regula a favor de los
intereses de los grandes capitalistas. Bajo el socialismo se regula a
favor de los intereses del proletariado. Quienes identifican mercado y
capitalismo, y mercado con “libre” mercado, actúan de hecho como
verdaderos ignorantes y como “tontos útiles” de la ideología burguesa.
De la misma forma, no existe
contradicción entre planificación y mercado. Las grandes (y las
pequeñas) empresas capitalistas trazan planes a cinco, diez o veinte
años. Los Estados capitalistas trazan también planes. En esos planes se
tienen en cuenta, en la medida de lo posible, las fluctuaciones de los
mercados. En el socialismo se trazan planes también. Si se tienen en
cuenta las leyes económicas y el mercado, serán planes atinados. De lo
contrario, serán planes que conducirán al fracaso.
Y, desgraciadamente, conocemos bien esos fracasos.
Si quienes nos reclamamos del marxismo
decimos defender un “socialismo científico”, habrá que tratarlo como una
ciencia. Y si se trata de una ciencia habrá que estudiar. No
consiste, por lo tanto, en emitir opiniones, pareceres o gustos. Quién
no analiza lo que pasa desde el conocimiento, lo hace desde la
ignorancia. Quién no estudia la ciencia marxista-leninista puede ser
cualquier clase de “socialista” o “comunista”, pero no un comunista
científico. Más bien será un idealista atrapado en iconos, banderas y
consignas simplonas, y no un revolucionario proletario.
De esta manera se explica la reticencia de cierta “izquierda” ante las manifestaciones de riqueza
en países como Vietnam y China -y ahora Cuba con sus nuevos
“lineamientos”-. Personalmente, recuerdo que hace treinta años había
compañeros que me recriminaban que los chinos vistieran “todos iguales”.
Cuando se iniciaron las reformas, esas mismas personas me recriminaban
que se hubiese introducido la moda en el país porque “se están
aburguesando”.
Para este tipo de personas el socialismo
es un estado de rapto místico colectivo, una profesión de fe
revolucionaria, de austeridad y sacrificio. Que los obreros tengan de
repente ropa variada, televisiones, teléfonos móviles, neveras o coches,
es una clara manifestación de haberse pasado al capitalismo. En sus
mentes ha prendido el lavado cerebral burgués: capitalismo es igual a riqueza y socialismo es igual a pobreza.
Lógicamente, en situaciones excepcionales
de agravamiento de la lucha de clases o de garantizar la supervivencia
de la revolución, hay que recurrir a la determinación, el entusiasmo y
la capacidad de sacrificio del proletariado. Pero lo excepcional no
puede convertirse en regla, ni la excepción puede durar cincuenta años.
Pero para los pequeñoburgueses europeos,
acomodados en la barra de un bar de Berlín o de Madrid, es muy fácil
pontificar a “esos muchachos” del tercer mundo para que se mantengan en
la pobreza y no se “aburguesen”. Desde sus televisores, sus playesteisions, sus ipods y su ropa de marca, con la barriga llena y el espíritu vacío, se indignan porque esos bárbaros no sigan sus sesudos consejos sobre un socialismo monacal y franciscano.
¿Es de extrañar que los obreros no se sientan atraídos ni por esos “líderes” ni por ese socialismo fantástico?
Si queremos avanzar, tenemos que barrer de nuestras mentes (y de
nuestras filas) el “socialismo de la miseria”. Y volver a Marx, a El Capital y al socialismo científico.