Nubes de tormenta

Teodoro Santana
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Las condiciones están dadas. La crisis agónica del capitalismo imperialista avanza en olas de recortes y ajustes contra los asalariados y la pequeña burguesía. A más recortes, a más abusos, más cae el consumo y más se recrudece la crisis. Incapacitados por su propia ideología, ni los capitalistas euronorteamericanos, ni sus políticos lacayos ni sus economistas a sueldo, son capaces de vislumbrar una salida. Y la rueda de más paro, hambre y miseria sigue girando.
Pero, como ocurre siempre en la historia, las ideas van por detrás de los hechos. La mente humana se resiste a afrontar la realidad cuando esta le roba cualquier esperanza, salvo la de jugárselo todo a vida o muerte. Y la propaganda mediática alimenta esa renuencia. Con majadería goebbelsiana insisten en que “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”, en que “no queda más remedio” que deteriorar la sanidad, la educación o los servicios sociales, en que “nos vemos obligados” a recortar pensiones y salarios y, sobre todo, en que la de la crisis “saldremos en unos años”.
¿Funciona? Claro que funciona. Preferimos creer esas débiles mentiras a llegar a la conclusión de que hay que implicarse personalmente en cambios drásticos. Porque en el fondo sabemos que los grandes propietarios no van a permitir pacíficamente que les nacionalicemos los bancos ni las grandes corporaciones. Y muy desesperados tenemos que estar para lanzarnos a esa batalla.
Pero la desesperación va a seguir creciendo, cada vez más, hasta alcanzar un punto crítico. Hasta que las esperanzas terminen por esfumarse. Hasta que la inanición nos muerda personalmente a todos y cada uno.
No bastará con esa realidad objetiva. Para “hacer algo” hay que saber qué hacer, cómo hacerlo, a dónde dirigirse.  Dejar de ser “masa” manipulada para convertirnos en individuos organizados. Y para ello es precisa la existencia de una vanguardia con una gran comprensión de la realidad económica, social y política, que actúe como estado mayor. Y que sea reconocida como tal. Es imprescindible una herramienta política que haga las condiciones subjetivas se pongan a la altura de las tareas objetivas. Que sirva para ganar primero la batalla de las ideas para poder ganar la batalla política.
Lo que quiere decir, ni más ni menos, que la cuestión del Partido (para la que es crucial la unidad de los comunistas) está a la orden del día. Mientras tanto, como decía Agostinho Neto, se acumulan las nubes al soplo de la Historia.

CONTRA KEYNES Y LOS KEYNESIANOS

Por Marat
http://marat-asaltarloscielos.blogspot.com/

(¿Por qué no me afilio al Partido Laborista?) "En primer lugar, es un partido de clase, y de una clase que no es la mía. Si yo he de defender intereses parciales, defenderé los míos. Cuando llegue la lucha de clases como tal, mi patriotismo local y mi patriotismo personal estarán con mis afines. Yo puedo estar influido por lo que estimo que es justicia y buen sentido, pero la lucha de clases me encontrará del lado de la burguesía educada". (John Maynard Keynes. De su conferencia “¿Soy un liberal?” recogida en “Ensayos en persuasión”, 1925).

(Tras su viaje a la URSS en 1925) “¿Cómo puedo adoptar un credo que, prefiriendo el barro a los peces, exalta al proletariado grosero por encima de la burguesía y la intelectualidad que, sean cuales sean su defectos, representan la calidad de vida y sin duda la semilla de todo progreso humano?”. (John Maynard Keynes, “Una visión corta de Rusia”, 1925)

Keynes no era laborista y mucho menos comunista. Esto es algo que saben todos aquellos a los que la crisis capitalista ha sometido a un curso intensivo y acelerado de economía. Excepto, según parece, las “izquierdas sistémicas” (1) que lo revindican día sí y día también, recitan fervorosamente el nombre de los apóstoles keynesianos, postkeynesianos, neokeynesianos–Krugman, Stiglitz, Bernanke, Minsky,...-, inspirados en tan docto credo, programas y alternativas para la salvación del sistema económico.

La salvación y supervivencia del sistema capitalista; ésta y no otra fue la motivación de Keynes al elaborar sus teorías económicas. Ésta y no otra es la intención de sus renombrados discípulos actuales.

La política contracíclica keynesiana, experimentada por primera vez como terapia contra la Gran Depresión del 29, ejecutada en el New Deal de Roosevelt, aplicada como doctrina fundante del Nuevo Orden Económico Internacional surgido en Breton Woods tras la II G.M. y en vigor hasta el asalto a los Estados iniciado por Tatcher y Reagan, se sustenta en 4 pilares básicos:

a) La centralidad del consumo o demanda y su mantenimiento o incremento que, junto con la inversión productiva, será la base que potenciará el crecimiento y el pleno empleo.
b) Una política monetaria que organice el flujo de inversiones y que se concreta en situaciones de crisis y recesión en bajos tipos de interés que permitan un más fácil acceso al crédito y, en consecuencia, a la inversión.
c) En ausencia de inversión privada suficiente es el Estado el que debe adoptar un papel de inversor. Este planteamiento no tiene nada de soviético. Para Keynes el protagonismo de la inversión debe corresponder siempre al sector privado y el Estado debe de intervenir sólo cuando es necesario por falta de entusiasmo inversor de los capitalistas ante una situación de crisis económica. Cuando la actividad privada se recupere el Estado debe retirarse. En este punto las diferencias entre un sector de los liberales actuales y el keynesianismo es difícil de detectar. No en vano Keynes era miembro del Partido Liberal británico, algo que muchos de quienes lo exaltan sin conocerle apenas seguramente desconocerán.
d) Y muy importante dentro del esquema teórico de intervención contracíclica propuesto por Keynes: la necesidad de regulación del sistema financiero para evitar que éste se vuelva disfuncional al sistema económico.

Pero resulta que el recetario keynesiano no funciona en la actual crisis capitalista ¿Por qué digo esto? Vayamos a cada uno de los puntos anteriores para comprobar lo que acabo de afirmar:
1) En primer lugar esta crisis capitalista no es de subconsumo sino fundamentalmente de sobreproducción, aunque tiene componentes inversores ligados a la especulación financiera.
Desde 1970 hasta finales de los años 90 la producción mundial de bienes y servicios (PIB mundial) se ha disparado, aunque con comportamientos irregulares de subidas y descensos, con una marcada caída en 2009, año en el que la crisis sistémica se expresó con todo su impacto.
Basten los gráficos de la producción industrial y de servicios en España y en la zona euro de 1996 a 2011 que presentamos a continuación para constatar cómo la situación de sobreproducción y, en consecuencia, de sobreoferta se va volviendo insostenible al aproximarse la primera década del nuevo milenio y de forma más acentuada una vez iniciada la actual crisis sistémica del capitalismo

Producción de la industria manufacturera














Producción en los servicios












Sectores como el del automóvil o construcción de viviendas (con 6 millones de pisos vacíos en España) son sólo una muestra de una capacidad de producción y, en consecuencia, de oferta muy por encima de las necesidades reales en unos casos y de la capacidad de absorción por la demanda en general.

Paradójicamente, la evolución de los salarios ha sido desde bastantes años antes de la crisis decreciente en términos relativos (en relación a su capacidad adquisitiva) (2) y en términos absolutos a partir del estallido de la crisis, tanto en los países más desarrollados como en la mayoría de los emergentes.
Entonces, ¿cómo es posible que se mantuviera una sobreproducción capitalista durante los períodos expansivos previos y posteriores a los ciclos de crisis?
Les responderé con otra pregunta a su vez. ¿Se han preguntado ustedes alguna vez cuando se produjo la gran eclosión de las tarjetas de crédito? Fue en 1970, justo tres años antes de la primera de las grandes crisis capitalistas tras el crack del 29. Tras la crisis del 73 ya nada volvería a ser igual para los ciclos capitalistas de expansión y contracción. Recomiendo en relación a esta cuestión la lectura de interesantísimo articulo, que ya tiene algún tiempo, de Jorge Beinstein, La crisis en la era senil del capitalismo. Esperando inútilmente al quinto Kondratieff” (3).

En estos 40 años de alternancia sucesivamente acelerada de crisis y crecimientos del capitalismo el consumo a crédito, bien sea mediante las populares tarjetas VISA, MASTERCARD, AMERICAN EXPRESS u otras, o a través de los préstamos personales bancarios, ha sido el modo de intentar mantener una demanda que de modo natural se hubiera situado por debajo de las capacidades de producción del sistema capitalista, dado el descenso paulatino de la capacidad adquisitiva de los salarios.

Conforme los salarios descendían y los precios de los productos y servicios se iban encareciendo la vida a crédito se fue convirtiendo en la forma habitual de pago entre amplios sectores de las clases trabajadoras y medias. Ello hasta el punto de que el crédito “revolving” (el más caro, con intereses que oscilan entre el 10 y 24%) se fue implantando entre sectores con dificultad de acceso a los créditos normales por riesgos de insolvencia, las clases trabajadoras con menor capacidad económica.

Todo este tinglado de sobreproducción con consumo sobreinducido se mantuvo hasta que la burbuja pinchó por su punto más débil: las hipotecas subprime. Y el tinglado acabó viniéndose abajo y la sobreproducción devino crisis de producción.

2) En la mayoría de los países centrales del capitalismo en crisis los créditos ya son muy bajos y en algunos rondan el 0% de interés, con lo que difícilmente habría margen de maniobra para el crédito a la inversión productiva; ello en un contexto en el que la oferta difícilmente podría encontrar una favorable acogida en un mercado con decreciente capacidad de demanda.

3) En cuanto al papel de inversor para estimular la economía, lo cierto es que las políticas liberales han hecho caso omiso de sus principios para comportarse como keynesianos un tanto peculiares: salvataje del sistema financiero, ayudas a la industria del automóvil, préstamos a fondo perdido a sectores energéticos estratégicos (eléctricas,...), etc. La administración Obama ha sido más puramente keynesiana en algunos casos, emprendiendo importantes proyectos de obra pública con la modernización de su vetusto sistema de carreteras, y practicando un keynesianismo perverso en el resto: inyectar dinero en sectores económicos clave para salvarlos pero sin control estatal.

El problema es que ese papel inversor de los Estados no ha ido destinado a incentivar la economía y el consumo sino a salvar sectores clave en la misma: los bancos en un sistema financiero que prefiere prestarle dinero a los Estados con las ayudas obtenidas de estos, en lugar de realizar su actividad natural, el préstamo a particulares y empresas.

Cuando los Krugman, los Bernake o los Stigliz piden más intervención del Estado en la economía real del sistema parecen no entender que la economía real es esto: un sector financiero que atiende a su propia esencia de ser, la usura -y no hay usura más lucrativa que la que pueda practicarse a los Estados- y sectores productivos industriales del todavía primer mundo que están siendo barridos por la oferta de países emergentes con mano de obra más barata y masiva y a los que los Estados sólo pueden darles oxígeno para prolongar lentamente su agonía si no quieren comportarse como liberales puros y dejarlos morir.

Por otro lado, las propias transnacionales crearon las crisis de sus empresas en los países centrales del capitalismo al deslocalizar la producción hacia el Tercer Mundo y los países emergentes, despidiendo a cientos de miles de trabajadores y contribuyendo a una menor capacidad de consumo de los productos que anteriormente fabricaban en aquellos países. Y eso es algo que difícilmente podrán parar las políticas keynesianas de incentivación de la inversión porque no harían otra cosa que alimentar a la bestia del chantaje de las transnacionales hacia los trabajadores de los países centrales del capitalismo que exigirán nuevas condiciones salariales y de trabajo más y más lesivas para sus empleados. Salvo que la intervención del Estado en la economía fuese definitiva –mediante la nacionalización de sectores estratégicos- y no transitoria y durante el período de la crisis capitalista pero eso es algo de lo que los keynesianos –liberales moderados- no quieren ni oír hablar. ¡Apartad de nosotros la tentación bolchevique!, gritan a coro.

4) El último punto, el relativo a la regulación del sistema financiero indica hasta qué punto los keynesianos han dejado de comprender el mundo en el que viven.

La estructura financiera y monetaria de Bretón Woods, en gran medida creada a imagen y semejanza de las teorías económicas de Keynes, ha sido demolido por la globalización del mercado financiero mundial y su desregulación, iniciada a partir de Nixon (fin del respaldo del dólar en el oro) y acelerada desde la época de Tatcher y Regan (consulten información sobre el Consenso de Washington): la desaparición de los tipos de cambio fijo, la ruptura de la paridad oro-dólar, la inestabilidad internacional de las tasas de interés, el creciente desarrollo de las operaciones bancarias fuera de balance, la privatización de las agencias de calificación de riesgo, participadas por grandes entidades de inversión, la creciente concentración de los mercados financieros en muy pocos intermediarios que mueven ingentes cantidades de dinero en muy poco tiempo, atacando a economías nacionales grandes y pequeñas a través de gigantescos conglomerados financieros, la opacidad del sistema financiero y bancario internacional con sus intocables paraísos fiscales, la excesiva titulación de la deuda a través de mercados secundarios, el abuso de instrumentos derivados, la desaparición de las fronteras entre banca de depósito y banca de inversión (donde existía previamente),...así lo evidencian.

El nuevo mundo liberal a escala global mundial ha dejado sin resortes de intervención a los Estados. Las sucesivas cumbres del G-20 y de Presidentes de la UE y su parálisis en la toma de decisiones así lo evidencian.

A estas alturas seguir sosteniendo el argumento de la falta de voluntad política de los gobernantes para intervenir sobre los mercados es una falacia estúpida propia de ignorantes y oportunistas políticos que tratan de esconder el hecho de que los políticos profesionales, como casta con unos intereses de permanencia en la dirección del sistema político, se están garantizando con su inacción el pase a la reserva, desplazados por los chicos del maletín de Goldman Sachs, Monti y Papadopoulus ahora, y mañana de cualquier otro “gestor” financiero de los globalistas del Nuevo Orden Internacional (NOW). Los suicidios políticos individuales pueden darse pero los colectivos no.

Los keynesianos tienen otros problemas añadidos a su dificultad para comprender el mundo de la globalización capitalista y financiera mundial configurado tras el fin de Bretton Woods.

Un primer problema nace de su visión aristocratizante y elitista de la economía, la política y la vida en general. Pretenden que en el momento actual el Estado y los políticos vuelvan a intervenir sobre la economía, impulsándola y, sobre todo, regulando su actividad pero no son capaces de decirnos de dónde saldrá esa fuerza conativa de los Estados sobre las formidables fuerzas económicas mundiales que concentran mucha mayor liquidez de dinero que el conjunto de los gobiernos del mundo. Quisieran que esa intervención política se produjese pero no son capaces de admitir que sin la entrada en escena masiva de las masas trabajadoras como fuerza de choque contra el capitalismo desbocado es imposible porque sólo ellas pueden tanto mover como parar el mundo. Pero eso podría ser peligroso para la estabilidad de un sistema que se basa en el pacto social; pacto social que estimuló el propio keynesianismo.

Prefieren entrar por la puerta de atrás y apelar al ciudadano, desde su énfasis en el consumo dentro de su modelo teórico. Es menos connotador de la posibilidad de la lucha de clases que la apelación a la presión por parte de los trabajadores. Roosevelt fue más inteligente que ellos y en USA se alió parcialmente con los sindicatos, a través de la Warner Act, para hacer presión sobre las grandes corporaciones. Pero eso fue en USA donde la tradición izquierdista de los sindicatos era más limitada. A pesar de ello los keynesianos actuales han aprendido bien la lección de cómo la crisis del 29 activó la combatividad de las izquierdas y los sindicatos, aunque no llegara toda la sangre del capitalismo al río, y no quieren correr el riesgo de que ahora ocurra.

Una segunda fuente de los problemas teórico-prácticos de los keynesianos radica en que obvian que el daño hecho por el capitalismo al que pretenden volver a regular es tan grande que para llevar a cabo una intervención suficientemente eficaz sobre la economía ésta ha de ser tan profunda, radical y audaz que desbordaría con mucho la legitimidad de las constituciones burguesas, tan respetuosas con la iniciativa privada, la libertad de empresa y la propiedad privada. ¿Se atreverían los señores keynesianos a apostar por un modelo de planificación económica de capitalismo de Estado tan avanzado como el que fue en su día el de la Francia de de Gaulle? Esperen, no me contesten. NO. Señores keynesianos, sus medias tintas en economía son tan pudorosas ante esta crisis como una cataplasma en el cuerpo de un enfermo terminal de cáncer.

Otra de sus hipótesis fallidas estriba en no comprender que los Estados se han quedado sin resortes legales para domeñar a un capitalismo que actúa contra ellos trasladándoles sus deudas, una vez rescatado, temporalmente, de su crisis financiera. Cualquier intento de controlar al capitalismo deberá ser por la fuerza.

Hay que añadir a todo lo anterior que los keynesianos no entienden que su llamada a que los principales gobiernos del mundo intervengan globalmente para regular el capitalismo desbridado va directamente contra su creciente tendencia a actuar bajo la doctrina Sinatra “My Way”.

La desconfianza entre gobiernos de países miembros de la zona euro (países más ricos frente a los PIIGS), de los miembros de la zona euro con los que no lo son dentro de la UE (Gran Bretaña frente a Alemania y Francia), de Europa frente a USA, de USA frente a China, de USA y Europa frente a los BRIC y otros países emergentes,...pronto se irá materializando en políticas crecientemente proteccionistas de unas áreas geográficas económicas frente a otras e incluso de unos países pertenecientes a dichas áreas frente a otros socios de las mismas. Las tensiones dentro de la UE y de las cumbres del G-20 son evidencias que así lo señalan. No parece esa la tendencia que marque un creciente clima de cooperación necesario para establecer acuerdos que supongan el renacimiento de un Bretton Woods II.

Cuando la amenaza de la crisis avanza en forma de efecto dominó sobre el conjunto de las economías nacionales del planeta y los gobernantes constatan que no parece haber antídoto conocido contra la pandemia, lo que se impone entre ellos es un conjunto de reacciones que integran el más variado abanico de comportamientos: pánico (de momento aún controlado), cautela excesiva, medidas desesperadas, improvisación, inmovilidad, confusión, enfrentamiento del todos contra todos,...Por más que se empeñen los keynesianos, la salida que escoge el capitalismo y sus gobiernos vuelve a ser de nuevo, como en la Gran Depresión, el conflicto y, posiblemente a corto-medio plazo, la guerra.

Ignoro si alguna de estas reflexiones pasó por la cabeza del señor Paul Krugman cuando trabajaba en Enron, la empresa energética que defraudó a USA mediante la creatividad contable de su ingeniería financiera, auténtico paradigma de las consecuencias de la desregulación, o al señor Ben Bernanke, neokeynesiano nombrado por George W. Bush (el hijo tonto del primer Bush que ocupó la Casa Blanca) Presidente de la Reserva Federal USA (FED); la misma FED que ha impulsado la liberalización del mundo bancario y de ese modo ha querido destruir el sistema bancario europeo (4) y el mismo señor Bernanke que fue acusado de falta de transparencia en su actuación como presidente de la FED y de presionar al “Bank of America Corp. –para que- completara la compra de Merrill Lynch” (5), comportándose él mismo como un lobbysta. Desconozco también si el señor Joseph Stiglitz ex vicepresidente y ex economista jefe del Banco Mundial, brazo bancario del FMI, y participante el pasado verano “indignado” en el I Foro del M 15-M, habrá pensado en cuestiones similares a las que señalo.

Sinceramente tengo la impresión de que los economistas keynesianos, neokeynesianos, postkeynesianos y toda la larga taxonomía de estos liberales moderados, no lejanos a la tradición de Stuart Mill, mantienen con los llamados neoliberales, los monetaristas y los seguidores de la escuela austriaca (anarcocapitalistas incluidos), muchos de ellos no lejanos al pensamiento de David Ricardo, una pelea amañada de antemano. Una pugna entre liberales moderados y radicales pero liberales, al fin y a la postre.

Ellos, los keynesianos, se han agarrado un berrinche descomunal al ser desplazados de sus espacios de poder –los que van más allá del ámbito académico- en las instituciones financieras, bancarias, organismos internacionales y, en general, cercanos tanto al poder económico como a los gobiernos, a los que rondan cantando bajo su ventana, en la espera de que estos comprendan, antes de que sobrevenga el desastre definitivo, que ellos son la última trinchera de defensa del sistema capitalista.

Olvidan que aquellos marxistas que no nos escondemos tras ninguna escuela económica enemiga de la lucha de clases vemos en la crisis sistémica actual del capitalismo la oportunidad para deshacernos no sólo del llamado neoliberalismo, que es la vuelta al liberalismo decimonónico y a lo que él representa para los trabajadores, sino directamente del capitalismo y de todas las tribus de economistas liberales que lo defienden, incluidos los keynesianos.


Si este es el retrato real de los keynesianos. ¿a qué juegan aquellas izquierdas que los reivindican?
Para entender esta cuestión cabría volver a la expresión “izquierdas sistémicas” que hice al principio del artículo y que definí en la nota (1) del mismo. Para acompañar esta categorización nada mejor que la distinción entre las izquierdas que hacía el tristemente desaparecido marxista Adolfo Sánchez Vázquez y que reproducía el miembro del PRD Adolfo Gilly en un artículo recientemente publicado (6). Decía así Sánchez Vázquez en relación con las izquierdas:

“Izquierda puede ser un término equívoco. Me parece preferible usarlo en plural: no la izquierda sino las izquierdas. Tendríamos así al menos cuatro izquierdas: una izquierda democrática, liberal, burguesa, connatural al sistema capitalista; una izquierda socialdemócrata, que quiere mejorar las condiciones sociales dentro de los marcos de ese mismo sistema; una izquierda social, que es crítica del capitalismo pero no le ve una alternativa, representada sobre todo por los movimientos sociales (el movimiento antiglobalización está dominado claramente por los keynesianos, como lo prueba su línea claramente reformista: el texto entre paréntesis es mío); y una izquierda socialista, opuesta al capitalismo, que propone una nueva organización de la sociedad.”

Actualmente la izquierda socialiberal, de abandonada matriz socialdemócrata, los excomunistas (pueden llevar el nombre comunista en su denominación) que abandonaron el marxismo, aunque periódicamente lo reivindican para satisfacer a una parte de sus bases situadas a la izquierda de la organización, y buena parte de la autodenominada “izquierda radical” –la de militancia social movimientista- recita los últimos gorgoritos del día de los Krugman, los Stiglitz,... y de sus respectivos delegados nacionales. El lector de cada país podrá poner el nombre que corresponda a esos discípulos de Keynes que pululan alrededor de las izquierdas sistémicas y dentro de ellas y que marcan sus partituras económicas y las letras musicales que ensalzan las leyes reveladas del maestro británico.


Las izquierdas keynesianas, muy mayoritarias en el conjunto de lo que culturalmente llamamos izquierdas, abogan por soluciones económicas de este tipo como alternativa a la crisis del capitalismo, aún a sabiendas de que no son viables al hacerlas imposibles la globalización, la ausencia de resortes reguladores de intervención y la carencia de poder de las instituciones políticas, porque si abandonaran a Keynes y a su apóstoles tendrían que asumir que la única posición coherente es lo que Marx nos recuerda de nuevo: la necesidad de una revolución socialista, hoy a escala mundial porque mundial es la crisis capitalista y es necesario oponer una fuerza tan poderosa como la formidable que aún mantiene el capital. Pero eso les obligaría a una autocrítica sobre la trayectoria que han seguido hasta ahora: unos social-liberales, otros reformistas, otros meros radicales coordinadores de movimientos antiglobalización en los que la Iglesia Católica, los movimientos tipo ATTAC y los que pretenden otra globalización “más justa” son la fuerza determinante.

Para las “izquierdas sistémicas” el keynesianismo es una cómoda parada a la espera de que la crisis capitalista escampe porque no creen que sea posible la revolución social y, probablemente, ni siquiera la deseen.

Esto explica la obsesiva y sistemática declaración de antineoliberalismo por una parte de esas izquierdas, sin aludir al capitalismo, como si lo que llaman neoliberalismo no fuera una de las muchas estrategias del capitalismo y una declaración de anticapitalismo vacía, por otro sector de las “izquierdas sistémicas” que, cuando se concreta en su programa económico, es puro destilado Keynes.

En su fuero interno aún confían en que sea posible una fase de recuperación económica mediante una etapa expansiva que permita abrir un ciclo de luchas reformistas y salariales que permita recuperar el nivel de vida perdido por los trabajadores y la restitución de un Estado del Bienestar que, en realidad, ha muerto para siempre.

Las izquierdas, si lo son, no necesitan en el momento actual presentar un programa económico de gestión de la crisis capitalista, que no podrán llevar a cabo porque la fuerza ya no está en las instituciones políticas, sino empezar a tomar en cuenta las palabras de la Secretaria General del Partido Comunista Griego (KKE), Aleka Papariga, seguramente uno de los que mejor está entendiendo la esencia real de la situación actual:
“Cuando decimos al pueblo que el sistema capitalista –refiriéndonos al sistema capitalista de Europa que ha cumplido todo su ciclo– hoy objetivamente no puede dar soluciones, que ha dado todo lo que podía dar, esto significa que no esperen que el KKE participe en el sistema político burgués, en un gobierno de gestión de un sistema que no puede dar nada.” (Entonces habla del derrocamiento del sistema, sugiere el periodista que la entrevista) “Por supuesto” (7)

Ignoran que cuando renuncian a preparar la revolución social, que cuando se centran en la demanda de reedición de un nuevo pacto social, que cuando emiten un discurso dirigido a las clases medias y el “ciudadanismo”, olvidando que los capitalistas han planteado una lucha de clases que nos lleva a la situación de la clase obrera en la Inglaterra de Engels, están abonando el terreno a cualquier salida progresista a la crisis, incluso reformista, porque han negado toda fuerza transformadora a un proyecto emancipador de los trabajadores. Y las banderas que no se levanten desde una izquierda revolucionaria se acabarán izando desde el color negro o pardo de los demagogos y oportunistas que agitarán un populismo reaccionario que ya no irá contra el capital, aunque lo haga nominalmente, sino contra aquellos sectores a los que sea posible satanizar –inmigrantes, minorías étnicas, mujeres, pobres y excluidos,...-para expresar una rabia colectiva que suelte presión a una olla que acabará por explotar.





NOTAS:(1) En varios artículos he empleado la expresión “izquierdas sistémicas”. Hora es de que defina, siquiera provisionalmente y como primera aproximación al concepto, la misma.
Por “izquierdas sistémicas” entiendo aquellas cuyas identidades de origen se vieron metabolizadas por el pacto social tácito o expreso que establecieron con el poder económico y político en el proceso de creación y asentamiento de los Estados del Bienestar en los países centrales del capitalismo.
El desarrollo del Estado del Bienestar, a cuya edificación contribuyó el modelo keynesiano de estímulo a los mercados desde el Estado, exigía a cambio una paz social en lo sindical y político, paz social que fue garantizada por la socialdemocracia primero, buena parte de los partidos comunistas (fundamentalmente los de estrategia eurocomunista) después y, como última aportación desde finales de los años 90 del pasado siglo, de buena parte de la autodenominada “izquierda radical”.
De este modo, lo que en origen fue una izquierda de matriz marxista o influida por el marxismo, en mayor o menor medida, pasó lenta pero inexorablemente a integrar el keynesianismo como variante económica e ideológica de lo que Bernstein y otros reformistas habían postulado con anterioridad: que en el desarrollo del sistema capitalista la lucha pacífica de los trabajadores iría posibilitando la transición hacia el socialismo, ahora por la vía del bienestar. Lo cierto es que Keynes jamás pretendió el socialismo ni nada que se le pareciera sino la consecución de toda la potencialidad del capitalismo.
Pero el derribo y muerte del Estado del Bienestar a manos de un capitalismo globalizado que no necesita ni quiere un pacto social porque sabe que no tiene nada que temer de unas agónicas “izquierdas sistémicas” ha dado la puntilla definitiva a dichas teorizaciones y a las estrategias de mera acomodamiento al capitalismo de aquellas.
Es previsible que las “izquierdas sistémicas” desaparezcan con el propio Estado del Bienestar.

(2) http://dwt.oit.or.cr/images/stories/boletines/B4_informeMundialdeSalarios.pdf Datos oficiales de la Organización Internacional del Trabajo (OIT)
(3) http://www.espai-marx.net/ca?id=1091
(4) Entrevista al economista Marcello De Cecco: “La FED debilitó nuestro sistema”: http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-185275-2012-01-12.html
(5) http://online.wsj.com/article/SB124597417288857355.html#mod=2_1362_leftbox
(6) http://www.jornada.unam.mx/2012/01/02/opinion/013a2pol
(7) http://es.kke.gr/news/news2012/2012-01-05-sinentefxi-aleka/


El socialismo de la pobreza

Teodoro Santana


Cuando los comunistas preconizamos la necesidad de una revolución socialista, lo hacemos desde el convencimiento de que esta revolución hará que la gente viva mejor. Sería criminal involucrar a millones de personas en un esfuerzo y un sacrificio de tal magnitud para vivir peor. Y cuando hablamos de vivir mejor no nos referimos sólo a  una mejora espiritual, sino material: liberando las fuerzas productivas que el capitalismo constriñe y destruye y poniéndolas al servicio y en beneficio de la mayoría de la sociedad.
A diferencia de otros tipos de “socialismo”, el fundamentado en la ciencia y desarrollado principalmente por Marx y Lenin, no parte de lo que a nosotros nos gustaría que fuera la sociedad, de la “utopía” o “debe ser”. Por el contrario, parte de la realidad del capitalismo y de las leyes económicas que le son inherentes. No es casual que la obra principal de Marx no se llame “El Socialismo” sino “El Capital”.
De la misma manera, tenemos claro que el paso del capitalismo al socialismo no se produce de la noche a la mañana ni por decreto. Se trata de un largo periodo histórico de transición en que, al igual que en el capitalismo existen formas de propiedad socialistas (empresas públicas, sociedades anónimas laborales, cooperativas, etc.), subsistirán por un largo tiempo formas de propiedad capitalistas. Lo importante es en manos de qué clase social está  el Estado, como se distribuye la riqueza y en qué dirección se avanza.
Igualmente, en aquellos países con unas fuerzas productivas muy atrasadas, las revoluciones socialistas tendrán que apoyarse durante un prolongado periodo de tiempo en el “bastón” de las inversiones de capital y tecnología extranjeras, hasta poder caminar únicamente sobre sus propios pies teniendo un desarrollo de las fuerzas productivas superior a las del capitalismo. Lo importante es que durante todo este proceso, las fuerzas revolucionarias mantengan el poder político, la defensa de los intereses populares y la claridad de la estrategia de avance al socialismo.
A diferencia de las sociedades de economía natural (es decir, en las que el grueso de la producción es para el autoconsumo), como el feudalismo, el capitalismo es una economía mercantil: se produce para la esfera de circulación de mercancías, para el mercado. En el socialismo también se produce para el intercambio, para el mercado. Como demuestra Marx en El Capital, es en el mercado donde se determina el valor de uso de las mercancías y la magnitud de su valor (de cambio). Quiere esto decir que el valor de las mercancías no se establece en un plan quinquenal ni por inspiración divina.
Por lo tanto, en el socialismo habrá mercado, y el socialismo habrá de ser, necesariamente, socialismo de mercado. Quienes niegan el mercado son como los que negaban la ley de la gravedad aduciendo que las cosas no caían por la gravitación sino “por su propio peso”. Al final la realidad se impone por sí misma, bien como mercado reconocido, bien como mercado negro.
Lógicamente, el mercado nunca es “libre”: siempre está regulado. Bajo el capitalismo se regula a favor de los intereses de los grandes capitalistas. Bajo el socialismo se regula a favor de los intereses del proletariado. Quienes identifican mercado y capitalismo, y mercado con “libre” mercado, actúan de hecho como verdaderos ignorantes y como “tontos útiles” de la ideología burguesa.
De la misma forma, no existe contradicción entre planificación y mercado. Las grandes (y las pequeñas) empresas capitalistas trazan planes a cinco, diez o veinte años. Los Estados capitalistas trazan también planes. En esos planes se tienen en cuenta, en la medida de lo posible, las fluctuaciones de los mercados. En el socialismo se trazan planes también. Si se tienen en cuenta las leyes económicas y el mercado, serán planes atinados. De lo contrario, serán planes que conducirán al fracaso.
Y, desgraciadamente, conocemos bien esos fracasos.
Si quienes nos reclamamos del marxismo decimos defender un “socialismo científico”, habrá que tratarlo como una ciencia. Y si se trata de una ciencia habrá que estudiar. No consiste, por lo tanto, en emitir opiniones, pareceres o gustos. Quién no analiza lo que pasa desde el conocimiento, lo hace desde la ignorancia. Quién no estudia la ciencia marxista-leninista puede ser cualquier clase de “socialista” o “comunista”, pero no un comunista científico. Más bien será un idealista atrapado en iconos, banderas y consignas simplonas, y no un revolucionario proletario.
De esta manera se explica la reticencia de cierta “izquierda” ante las manifestaciones de riqueza en países como Vietnam y China -y ahora Cuba con sus nuevos “lineamientos”-. Personalmente, recuerdo que hace treinta años había compañeros que me recriminaban que los chinos vistieran “todos iguales”. Cuando se iniciaron las reformas, esas mismas personas me recriminaban que se hubiese introducido la moda en el país porque “se están aburguesando”.
Para este tipo de personas el socialismo es un estado de rapto místico colectivo, una profesión de fe revolucionaria, de austeridad y sacrificio. Que los obreros tengan de repente ropa variada, televisiones, teléfonos móviles, neveras o coches, es una clara manifestación de haberse pasado al capitalismo. En sus mentes ha prendido el lavado cerebral burgués: capitalismo es igual a riqueza y socialismo es igual a pobreza.
Lógicamente, en situaciones excepcionales de agravamiento de la lucha de clases o de garantizar la supervivencia de la revolución, hay que recurrir a la determinación, el entusiasmo y la capacidad de sacrificio del proletariado. Pero lo excepcional no puede convertirse en regla, ni la excepción puede durar cincuenta años.
Pero para los pequeñoburgueses europeos, acomodados en la barra de un bar de Berlín o de Madrid, es muy fácil pontificar a “esos muchachos” del tercer mundo para que se mantengan en la pobreza y no se “aburguesen”. Desde sus televisores, sus playesteisions, sus ipods y su ropa de marca, con la barriga llena y el espíritu vacío, se indignan porque esos bárbaros no sigan sus sesudos consejos sobre un socialismo monacal y franciscano.
¿Es de extrañar que los obreros no se sientan atraídos ni por esos “líderes” ni por ese socialismo fantástico? Si queremos avanzar, tenemos que barrer de nuestras mentes (y de nuestras filas) el “socialismo de la miseria”. Y volver a Marx, a El Capital y al socialismo científico.

Carta de un antiguo camarada


Carta de un antiguo camarada en apuros a causa de los datos demoscópicos. Cada cuatro años y desde hace veinte me envía una misiva con parecidos propósitos y esta vez quiero hacer partícipe de ella a mis verdaderos amigos.
Amigo:
Ante todo, quiero darte las gracias por todo lo que me has dado; por tu compañía, tu apoyo, tu comprensión y presencia. Por brindarme la oportunidad de tener a mi lado a alguien como tú, en quien confiar, con quien divertirme, con quién soñar... ¿Recuerdas cuándo soñábamos juntos con la revolución?
Te pido perdón por todo lo que yo haya podido hacerte, por no ser tan buen amigo como tú; por haber faltado alguna vez en lealtad, ayuda, comprensión o apoyo. En verdad me arrepiento de todos los errores que hayan mermado mucho o poco nuestra amistad, y ten por seguro que fueron inconscientes... ya sabes el pragmatismo por un lado y la hipoteca del chalet por otro nos distanciaron.
Tú fuiste siempre algo importante y especial para mí .Y lo sigues siendo. Formas parte de mi vida; de mis pensamientos, sentimientos, decisiones y emociones... No podría quedarte alguna duda de lo que significas para mí ni de tu lugar en mi ser. Sé que tú me comprendes y sé que no vas a permitir que pierda mi posición.
Mi cariño por ti es muy grande, y además has sabido ganártelo a pulso con tu especial forma de ser y de entregar tu amistad. Por eso, no a cualquiera le hago llamar "mi amigo" o lo quiero como tal y sé que de alguna manera tu tampoco lo haces... nuestra amistad siempre estará por encima de pueriles sueños de juventud.
Tal vez algunas veces ocultes tus sentimientos, por temor al rechazo o a no ser correspondido o escuchado. Sin embargo, sé que conmigo al igual que con todos los demás eres sincero y con las mejores intenciones de no lastimar a nadie, nunca has osado repudiarme por el simple hecho de haberte dejado solo con tus sueños ingenuos, de solidaridad, justicia y esas memeces que no cotizan en el parque.
Hemos pasado por tantas cosas juntos, buenas y malas, que ya nos conocemos perfectamente. Por eso nuestra amistad crece y se hace más fuerte día con día al igual que nuestra unión a pesar de la distancia y de nuestras diferencias de clase. Yo un inversor de éxito y un handicap 21 mientras tú te levantas día a día para mejorar la productividad de la empresa con el sudor de tu frente ¡¡Cuánta alegría me da que así sea!!
Espero que si cambias, sea con plena convicción y siempre para tu bien y el mío, aunque sabes que tienes toda mi aceptación y apoyo... no te dejes vencer por los sufrimientos, por los cantos de sirena de esa panda de anti-sistema que pretenden lavarte el cerebro, de ti dependerá hacia donde te lleva ese cambio. No te dejes amedrentar por la crisis y deja de pensar en esos cinco millones de vagos, ellos son necesarios para que nuestra economía alcance los niveles de excelencia del mundo desarrollado...
Te quiero y quiero que seas muy feliz porque lo mereces, si deseas que comparta no solo esa felicidad contigo, sino todos los instantes de tu vida; aquí estoy y aquí estaré siempre. Tú lo sabes... Pero es el momento de que me prestes todo tu apoyo ya sabes que me presento a las elecciones en las listas del partido que me abrió las puertas de la casa común, este partido de apoyo a los emprendedores que como yo hemos sabido sacar provecho de las oportunidades... ¿Recuerdas aquel viejo sindicalista al que sustituí? Pues era un perdedor, no supo ganarse la confianza del patrón.
No me despido, ya sabes que faltan apenas ocho días para volver a vernos...
Sinceramente: Tu amigo.
PD.: No olvides que si nosotros no ganamos volverá la derechona, y eso a ti seguro que no te gusta.

Fascismo dry

Teodoro Santana    29 octubre, 2011


Las décadas de los años 20 y 30 del siglo pasado, las de la anterior gran crisis del capitalismo imperialista, fueron también las del auge del movimiento nazi-fascista. En Italia conquistaron el poder en 1922, tras la Marcha sobre Roma encabezada por Mussolini, que había sido uno de los máximos dirigentes del Partido Socialista Italiano. En Alemania lo hicieron en 1933, implantando el III Reich. En el Estado español, de la mano del golpe militar de 1936, la Falange y sus organizaciones de masas se impusieron durante 40 años.
Con la agudización de la crisis económica del capitalismo de Estado y el peligro de revoluciones socialistas, los capitalistas de la época, muñidores de todos estos movimientos, buscaban apartar a la clase obrera y a las grandes masas del “bolchevismo”. De forma que los nazis-fascistas no se presentaban ante la gente como extrema derecha, ni siquiera como derecha, afirmando no ser “ni de derechas ni de izquierdas”.
Todos ellos hacían gala de defender a los trabajadores. El partido nazi se llamaba, ni más ni menos, “Partido Nacional Socialista Obrero Alemán”. En España, la falange propugnaba la “revolución nacional sindicalista”. Su discurso atacaba al capitalismo y a los bancos, presentándose como una «tercera vía» o «tercera posición», opuesta radicalmente tanto a la democracia burguesa cada vez más cuestionada, como a las organizaciones obreras, partidos y sindicatos de clase, que consideraban no representativos. Frente a ellas levanta las organizaciones del corporativismo italiano y alemán o el sindicato vertical español.
Por supuesto, los nazi-fascistas jamás hicieron otra cosa que “mejorar” el capitalismo, sin cuestionar jamás la propiedad privada. Y, mucho menos, la de la plutocracia a la que criticaban de boquilla pero alimentaban de hecho.
Noventa años más tarde, una nueva crisis económica vuelve a hacer temblar los cimientos del capitalismo imperialista. Y la oligarquía necesita otra vez desviar a los asalariados de ideas y propuestas que pudieran cobrar fuerza poniendo en peligro su dominio de clase. Esta vez, sin embargo, no esperemos ver camisas pardas, negras o azules. Los pequeños grupúsculos neonazis, despreciados por los ciudadanos como bandas de psicópatas, no son de gran utilidad.
En cambio, volvemos a ver a quienes, aprovechando el descontento popular, procuran apartar a la mayoría de cualquier influencia “bolchevique”. Diciendo estar contra el capitalismo, hacen suyas algunas reivindicaciones que, eso sí, no pongan en peligro el sistema. Se trata de “reformarlo”, de mejorarlo “pacíficamente”.
Qué mejor válvula de escape del propio sistema que unas protestas que no van más allá y acaban en sí mismas. Un mero descargue que alivie la presión sin plantear un modelo alternativo de sociedad (lo que requiere ideología y organización). Por eso, para lo que ya no son tan “pacíficos” es para prohibir tajantemente las banderas y los símbolos de los sindicatos y los partidos obreros, llegando a la agresión física a quienes se atreven a expresar visualmente su militancia política.
Se trata de sustituir las movilizaciones de la izquierda anticapitalista, de los sindicatos y de los comunistas, frente a los que se lanzan las consignas de “ni partidos ni sindicatos”, “no nos representan”, etc. Lo intentaron en Grecia, pero llegaron demasiado tarde para desactivar las movilizaciones del Frente Militante de Todos los Trabajadores (PAME) y de los comunistas. El paso siguiente ya lo conocemos: atacar a los obreros y asesinar comunistas, como ha ocurrido recientemente en Atenas.
Se trata, en definitiva, de barrer las posiciones superadoras del capitalismo y reemplazarlas con una disidencia controlada, con “asambleas” (por llamarlas de algún modo) manipuladas, y con una potente máquina de propaganda, contando con el respaldo abrumador de la prensa burguesa y las multinacionales de las redes sociales en Internet.
Basta preguntarse quién está detrás, quién financia, quién sostiene. No, desde luego, quienes vivimos de un sueldo.
La trama es burda. Sólo la debilidad ideológica y política de la izquierda anticapitalista explica el acomplejamiento ante esta nueva forma de fascismo del siglo XXI, de anarco-fascismo o cómo queramos denominarlo. El error bienintencionado de intentar conciliar con el monstruo, de rentabilizarlo electoralmente o de pactar con él, sólo lleva al desastre.

La derecha verde

  22 octubre, 2011 

Teodoro Santana


El relativo éxito electoral del partido alemán Die Grünen (“Los Verdes”) en los años ochenta del siglo pasado, dio lugar a una ola de imitadores en muchos otros países, incluyendo a España y a Canarias. La moda “verde” se prestaba a ser aprovechada electoralmente, y en ese electoralismo cayó buena parte de la izquierda, que empezó a presentarse ante el electorado como “roji-verde”.
Esa izquierda que jamás leyó, ni mucho menos estudió, a los fundadores del marxismo, llegó a afirmar que ni Marx, ni Engels ni Lenin se habían planteado los “problemas ecológicos”. Patrañas como esta no eran nuevas. Una década antes circuló la especie, propalada por la misma “inteligentzia” iletrada, de que eran “machistas”. En resumidas cuentas, que lo verde vende, y lo rojo hay que disimularlo lo que se pueda, pero sin deshacerse de ese mercado.
Si quienes dicen hablar en nombre de la izquierda, y hasta del marxismo, están convencidos de que el marxismo no sirve para analizar los problemas medioambientales fruto de la sobreexplotación capitalista, y propalan esa visión de la que se supone que es su ideología, ¿qué cabe esperar de los que están  radicalmente en contra?
Precisamente, la principal cualidad de los “verdes” es desmarcarse de cualquier componente marxista, aunque procura no perder el electorado “rojo”. Frente a esa sobreexplotación capitalista  de los recursos naturales del planeta, dicen que “el hombre” se está cargando el medio ambiente. Cuando es el propio ser humano la especie en extinción en África, cuando el ecosistema más atroz es el de las barriadas populares bajo el capitalismo, nos piden que “salvemos a las ballenas”.
Sí, salvemos a las ballenas, pero salvemos primero a los seres humanos. Arreglemos el ecosistema del pinzón azul, pero mejoremos primero las condiciones de vida de los asalariados.
A lo que nos llaman, en definitiva, es a un “capitalismo ecológico”, nueva versión del “capitalismo popular”, de rostro “humano” y “biológico”. Para salvar al capitalismo, quitémosle sus aspectos más insalubres, reciclemos su basura, mantengámoslo en marcha con energías renovables. Eso sí, sin tocar la propiedad privada sobre bosques, minas, plantaciones y demás recursos.
No puede extrañarnos, por lo tanto, que “Los Verdes” alemanes hayan apoyado activamente la agresión contra el pueblo afgano o, al igual que –sus émulos españoles–, defiendan alegremente el bombardeo de la OTAN sobre la población libia.
Aún más: apoyan el Tratado de Libre Comercio Unión Por el Mediterráneo (UPM) que es una profundización de las políticas del FMI que han llevado a revueltas populares como las de Túnez y Egipto. Una iniciativa, impulsada por Nicolás Sarkozy, por la cual las empresas privadas transnacionales europeas controlarán los recursos naturales libios y sus servicios básicos.
En los gobiernos en que participan, “Los Verdes” han desarrollado políticas de derecha en lo económico y lo social, recortando derechos laborales y empobreciendo a los asalariados. Su “pacifismo” no es otra cosa que la paz de los cementerios impuesta desde los intereses del imperialismo euro norteamericano. Si en un reciente artículo, Olivier Cyran los calificaba de “neoliberales en bicicleta”, bien cabría definirlos –también a Equo– como “imperialistas en bicicleta”.
¿Y cuál es el proyecto que nos ofrecen? Nada más ni nada menos que la “economía verde”, consistente, fundamentalmente, en sustituir las energías del carbón y el petróleo por energías renovables. Que, argumentan, “crearán muchos puestos de trabajo”.
Con respecto a lo primero, nada que objetar, salvo que son precisamente las grandes multinacionales petroquímicas las dueñas de la tecnología y de la industria de las energías alternativas. Mientras estas grandes corporaciones sean privadas, los únicos criterios energéticos que desarrollarán serán los de sus beneficios.
Con respecto a lo segundo, no deja de ser una idiotez más: por cada puesto de trabajo “verde” se destruirán veinte convencionales, como ocurre en todo proceso de revolución tecnológica. Vender la implantación de energías renovables como una gran generación de puestos de trabajo no es más que una triquiñuela electoral de lo más pedestre.
Electoralismo para el que vale lo mismo sumar la derecha verde, el insularismo corrupto o el tentáculo “humanista” de la secta Moon. Lo que no cabe, desde luego, es un programa anticapitalista. Hasta ahí podíamos llegar.
Pensar que es posible un capitalismo más “amable”, con oligarcas en bicicleta, células fotovoltaicas y aerogeneradores, es una fantasía burguesa que no cabe calificar de izquierdas. Salvo que se nos pida a los “rojos” que renunciemos a nuestras ideas a favor de las ideas de ese “capitalismo verde”.
Ni más ni menos, eso es lo que la autodenominada “izquierda verde” –o “verdirroja”, para que cuele– nos pide. Y hay que reconocer que es una piscina a la que algunos de los que se nos han presentado como “rojos”, yonquis de electoralismo, se han lanzado de cabeza, sin comprobar si había agua. La ignorancia, que es lo que tiene.
Y si, encima, a estas almas de cántaro les han dado con la puerta en las narices,  sólo cabe decirles, parafraseando a la madre de Boabdil, “llora como oportunista lo que no has sabido defender como revolucionario”.

El blindaje de la democracia burguesa española

http://independenciaysocialismo.wordpress.com/
En enero de este año, la democracia burguesa española dió una nueva vuelta de tuerca para bloquear el sistema político. A la zorruda, incluyeron un párrafo en la nueva legislación electoral para boicotear el acceso al Congreso de los Diputados a los nuevos partidos y a los que no tienen representación parlamentaria violando el principio de la libre competencia electoral y pluralismo político, y consolidando el bipartidismo. A medida que se agudiza la crisis y arrecian las protestas, la dictadura capitalista no quiere la menor posibilidad de que se les cuele el comunismo en sus salones.
La reforma de la Ley Orgánica del Régimen Electoral General (LOREG), aprobada con los votos de PSOE y PP, y con el respaldo de CiU, PNV y CC, incluye una modificación del artículo 169 que ha pasado prácticamente inadvertida. En su nuevo apartado 3, afirma: “Los partidos, federaciones o coaliciones que no hubieran obtenido representación en ninguna de las Cámaras en la anterior convocatoria de elecciones necesitarán la firma, al menos, del 0,1% de los electores inscritos en el censo electoral de la circunscripción por la que pretendan su elección“. Y añade que “ningún elector podrá prestar su firma a más de una candidatura“.
Eso significa que 88 de los 98 partidos o coaliciones que presentaron listas en las elecciones generales de 2008, y los nuevos partidos, no podrán concurrir a los comicios del próximo 20 de noviembre a menos que antes recojan las firmas del 0,1% de los electores de cada circunscripción, ya que ninguna de esas 88 formaciones obtuvo entonces representación parlamentaria. Los únicos partidos que no tendrán que superar ese escollo en la inminente cita con las urnas son los que lograron al menos un escaño en 2008 (PSOE, PP, CiU, PNV, ERC, IU, BNG, CC, UPyD y Nafarroa Bai).
En el caso de las agrupaciones de electores, se les exige el 1% del censo electoral.
Pero las trabas van mucho más allá. Las formaciones que estén dispuestas a recoger las firmas que impone la nueva legislación -y que dispongan de los medios económicos y materiales para hacer frente a esa campaña antes de la campaña- sólo tendrán 20 días para lograr su objetivo. Ese plazo empezará a contar el próximo 27 de septiembre, coincidiendo con la publicación en el Boletín Oficial del Estado del decreto de convocatoria de las elecciones.
Peor aún: una vez recogidas las firmas en cada una de las circunscripciones en las que presenten candidaturas, los partidos deberán llevarlas a un notario para que éste avale su autenticidad. Finalmente, las firmas serán registradas en la Junta Electoral Central. Un partido que quiera presentar candidaturas en todo el territorio del Estado necesitará reunir más de 35.000 firmas e invertir unos 300.000 euros en la campaña de recogida, una cantidad prohibitiva para quienes no cuentan con la financiación de los bancos. Si se trata de una agrupación de electores, estas cifras hay que multiplicarlas por 10.
En Canarias, los partidos que quieran presentarse en las dos circunscripciones provinciales deben reunir 1.547 firmas (15.470 si se trata de una agrupación de electores), de las que 746 han de recogerse en las islas occidentales y 801 en las orientales.

Movimiento nacional: integración de clases y "neutralidad" ideológica

Por Marat1.-Introducción necesaria para saber de qué estamos hablando:
El concepto “movimiento nacional”, más allá de las evocaciones históricas que suscita en el Estado español, tiene su origen en las revoluciones burguesas, de las que la de 1789 fue la inicial. Son los movimientos o revoluciones de 1848 en Europa (comienza la Segunda República Francesa, que había sido precedida por la restauración de la monarquía constitucional, se inicia el proceso de construcción de Alemania, se llevan a cabo revoluciones nacionalistas en Italia y otros países como Austria o Hungría) los que darán lugar al “espíritu del pueblo”, (Volksgeist ), del Zeitgeist (“el espíritu del tiempo”) del que habló Hegel. Su uso oportunista por parte de una de las sectas presentes entre los “indignados” españoles no es sino el intento de reencumbrar una visión “idealista” de la historia frente a la concepción materialista de la misma. Con mucha menor elegancia que Hegel, la secta espiritualista y materialista Zeitgeist convierte hoy los fenómenos históricos y sociales en nuevo opio para consumo de mentes crédulas e ignorantes, que prefieren las emociones retorcidas a los procesos sociales y la compresión de la lucha de clases como motor de la historia.
Pero el 1848 de las revoluciones burguesas y de construcciones nacionales es también el año en el que se realiza la primera edición de “El Manifiesto Comunista”. El desarrollo de la industrialización en el siglo XIX había dado lugar a la proletarización de las clases bajas europeas en los países de economías más avanzados. Y consiguientemente, con la emergencia de una nueva clase social, surge el movimiento obrero, que tendrá sus propios intereses más allá de los nacionales y de los de la la burguesía de mitad del siglo.
Desde que burguesía y clase trabajadora se han encontrado en la historia, salvo en los momentos de colaboración necesarios para derrocar dictaduras o ante regímenes en decadencia previos a la instauración del sistema de dominación burgués, la clase trabajadora ha acabado sufriendo casi siempre las consecuencias de pactar con sus enemigos de clase.
En la dinámica social la relación natural entre las clases antagónicas –burguesía y trabajadores- es el conflicto respecto a la redistribución de la riqueza. De ahí nace la lucha de clases cuando la sociedad se estructura en estas; esto es, bajo el capitalismo.
La lucha de clases no tiene necesariamente siempre una forma organizada y políticamente consciente por ambas partes. A menudo, es la clase trabajadora la que participa de la lucha de clases de un modo puramente reactivo, primario, inconsciente, obedeciendo más a un reflejo de clase que a una conciencia social construida, sin trascendencia colectiva ni política. Los destellos instintivos de lucha de clases, cuando no responden a un comportamiento organizado y consciente por parte de los trabajadores, engarzan con lo Gramsci denominó “filosofía del sentido común”. La crítica al carácter usurero de los bancos o al abuso del empresario particular rara vez conlleva la elevación de la conciencia al estadio superior de la globalidad de la clase como proyecto de emancipación colectiva.
En cambio, la burguesía, especialmente la que representa al gran capital, sí lleva a cabo una lucha de clases consciente. Sabe que la base y razón de su poder económico y político, éste último por vía directa o interpuesta, está en la feroz dictadura de su poder como clase sobre los trabajadores. Lo hace cuando extrae la plusvalía del trabajo, no sólo como medio de incrementar su tasa de ganancia y facilitar la acumulación de capital sino también como forma de potenciar la subordinación de clase de los asalariados mediante salarios limitados, que la crisis ha ido convirtiendo cada vez más en retribuciones miserables. Y lo hace también cuando impone, mediante su presión a los gobiernos, políticas fiscales regresivas, del mismo modo en que sigue haciéndolo cuando establece, a través de las instituciones financieras, préstamos que esclavizan de por vida a los asalariados. Warren Buffet, uno de los multimillonarios más encumbrados desde hace años en la lista Forbes lo tiene claro: “Hay una lucha de clases, por supuesto, pero es mi clase, la clase de los ricos la que dirige la lucha. Y nosotros la estamos ganando”
2.-Y ahora vayamos a la cuestión que importa:
El movimiento nacional se sustenta sobre un doble “compromiso”: un planteamiento formalmente interclasista, pero siempre a favor de la pequeña y mediana burguesía que defiende el capitalismo porque se siente beneficiado por él, siquiera en las coyunturas expansivas de la economía, y supuestamente “neutro” en lo ideológico. La realidad es que esa neutralidad busca anular las contradicciones izquierda-derecha y superar las contracciones entre capitalismo y socialismo con el objetivo del mantenimiento del primero por rechazo al carácter alternativo del segundo. Eso sí, ofertado como “capitalismo de rostro humano”, cuando ya sabemos que lo que nos ofrece el ocaso del sistema es la pira sacrificial para las clases desposeídas.
La gran contradicción trabajo-capital no se establece entre clases trabajadoras y pequeña y mediana burguesía, sino entre trabajadores y gran capital, pero en épocas en las que se combina crisis sistémica y fuerte pujanza de movimientos neoconservadores (resultan ilustrativos a este respecto los paralelismos entre los años 30 del pasado siglo y los actuales), la pequeña y mediana burguesía experimenta fuertes tentaciones de deslizamiento hacia posiciones abiertamente reaccionarias como movimiento rechazo hacia las amenazas de pérdida de sus privilegios dentro del sistema capitalista.
De este análisis sobre el concepto de “movimiento nacional” quedan excluidas las opciones políticas de los pueblos sin Estado (izquierda abertzale, movimientos populares indigenistas, procesos de liberación nacional de los años 50, 60 y 70 del siglo XX,...que son dirigidos desde un bloque social en el que las clases trabajadoras y de las izquierdas políticas que las dirigen ejercen su hegemonía). Ese planteamiento “popular” del “movimiento nacional” es perfectamente compatible con la perspectiva marxista, y otras aportaciones sobre la lucha de clases, que intentan unir los procesos de liberación nacional con la transformación socialista de la sociedad.
Volvamos ahora sobre el núcleo de la cuestión. La ideología capitalista ha construido un artefacto teórico en el que en el centro está la virtud: habla de consumidores y se centra en las clases medias, ignorando al 65% de la sociedad, situada en los distintos estratos que ella misma ha creado para segmentar a las bajas (media-baja, baja, baja-baja). Habla de derechos y se remite al concepto de “ciudadanos” que oculta hechos como que sólo el 39% de los jóvenes españoles entre 25y 34 (1) tienen estudios universitarios (el 61% no los tienen). Significativamente, frente a ello, entre los 35 principales de Democracia Real Ya los no universitarios brillan por su ausencia (2)
La ideología “ciudadanista” -empeñada en fabricar “transversalidades” para homogeneizar lo que lo económico y social convierte en diverso y antagónico: las clases sociales- esconde que el 62% de los asalariados no ocupan cargos superiores, sino básicos y, en el mejor de los casos, intermedios. Sería interesante comprobar cómo construyen sus teorías sociológicas aquellos que pretenden representar una opinión prefabricadamente mayoritaria que es PURA MENTIRA.
En los años 80 intelectuales como André Gorz o Alain Touraine, entre otros, se ocuparon de fabricar la gran mentira de que la clase trabajadora disminuía dentro de la estructura social e insinuaban el papel transformador que en adelante tendrían las clases medias, tras el agotamiento de la fuerza revolucionaria de la clase trabajadora. Se les olvidó a estos sociólogos de prêt-à-porter analizar: 1) ¿cuál era su papel dentro de la producción?; 2) ¿qué % de las clases sociales de las que hablaban eran asalariadas?, 3) ¿a qué % de ese conjunto de asalariados se les extraía plusvalía del producto de su trabajo? 4), ¿cuál era el nivel real de movilidad social ascendente en los países de capitalismo avanzado, dentro de las políticas de igualdad de oportunidades? 5) otros factores como formación educativa, nivel y tipo de consumo respecto a los del resto de las clases sociales en las sociedades de capitalismo avanzado.
Se estaba pergeñando el gran engaño de una sociedad de clases medias que en los 50 del pasado siglo se estaba construyendo en Norteamérica con el mito de los “white collar” de los que hablaría C. Wright Mills en 1951. El problema de los “sesudos” análisis coyunturales es que atienden a momentos concretos de la dinámica histórica y convierten tendencias del momento en leyes generales, en este caso olvidando la naturaleza estructural del capitalismo y la relación entre las clases que la sustenta.
Bien, pues las consecuencias más importantes a nivel social, económico y político de la crisis más profunda que ha conocido el capitalismo en su historia es la vuelta a un liberalismo salvaje, destructor del Estado y la democracia, y la brutal dualización social entre trabajadores y parados, por un lado, y capitalistas, por el otro.
Nadie hablará de la clase trabajadora hasta que ella misma no lo haga en su nombre. No se hace en el cine, que entroniza a las clases medias como gran aspiración de consenso social sobre el que se sustenta la legitimación del capitalismo, no se hace en la literatura, que la ignora por poco glamourosa, y no se hace en las ciencias sociales, que prefiere esconder una realidad social profundamente desigual.
Cuando otra clase social habla en nombre de todas, cuando la clase media trata de representar también a la trabajadora, pero no sus intereses, y usurpa su representación y su voz, algo está fallando en el concepto de justicia y de distribución social de la riqueza.
Georgi Plejanov, introductor del marxismo en Rusia, vino a explicar en su obra “La ideología del pequeño burgués” que el pensamiento y la perspectiva ideológica de éste siempre mira en la dirección de la gran burguesía. Dicho de otro modo: la pequeña y mediana burguesía es el caballo de Troya que se inocula a la clase trabajadora como proyección de expectativa social y como compromiso de clase para impedir su ruptura con el capitalismo. Éste establece una estructura de espejos cóncavos (“Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el esperpento”. “Luces de Bohemia”. Ramón María del Valle Inclán) en los que cada clase inmediatamente inferior se mira en la superior, a través de la hegemonía ideológica de la clase dominante.
Esto se entiende muy bien desde el discurso promeritocrático (3) que representa con gran claridad los objetivos de la generación joven de una pequeña y mediana burguesía a la que la crisis ha descolocado respecto a sus expectativas de promoción social, al contrario de lo sucedido con los objetivos cumplidos, aunque ahora amenazados, de la generación mesoburguesa anterior, la de sus padres.
No es nueva esta bandera. Por el contrario es tan vieja como la propia burguesía. Max Weber, uno de los más importantes pensadores al servicio de esta clase social, ya teorizó la importancia del mérito y el esfuerzo en la consecución del éxito en su obra “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”. Esto como coartada dignificadora del “status quo” del poder económico. Pero también como justificación de la explotación laboral, que pretende llevar a los trabajadores a aceptar su sacrificio en espera de una recompensa que rara vez se encontrará dentro del actual sistema económico. Desde ese esquema acusar a los no triunfadores de desidia, escaqueo y falta de motivación por el trabajo será un buen modo de justificar el antagonismo entre trabajo y capital. Este tipo de argumentos son los mismos que defienden los jóvenes cachorros del marketing y el pensamiento liberal que pastorean el #nolesvotes -Enrique Dans & cia.- que tanto ayudó al PP el 22M y que ahora vuelve a reeditar el mismo discurso que contribuirá de nuevo a la entronización de la derecha más rancia, antisocial y paleofascista en el gobierno del Estado el 20-N (4)
La defensa de la cultura meritocrática de esta generación YNTJASP (ya no tan jóvenes aunque sobradamente preparados), que representa el núcleo intelectual y dirigente principal del 15-M y las fuentes políticas liberales de las que bebe, intenta ocultar que un título universitario público no vale lo mismo que uno privado, que un Master público español no se acredita igual que uno de Universidades privadas USA, a las que tantos de esos dirigentes indignados YNTJASP han ido, que en la pública tampoco ese Master es gratuito y que a él no acceden más que una mínima parte de la minoría de hijos de los trabajadores que, hasta ahora, han logrado ir a la universidad, que ser un bussines school y dirigir la #spanishrevolution es sospechoso frente a las bajas categorías de los pobretes con título pelón o sin él, sobre todo cuando las demandas políticas planteadas tienen tan poco que ver con las duras realidades de 5 millones de parados. Cuanto más me hablan de la ILP de la dación en pago como gran hito rojo del 15M más me convenzo que las ansias de manumisión del esclavo se agotan en que duerma a la intemperie pero agradeciendo a los bancos que no les eche encima el plus de la parte contratante de la primera parte aún no amortizada.
Hablar de meritocracia como esfuerzo es tan falso como vendernos que los merecedores del éxito provengan de una igualdad social que previamente, desde la cuna, no ha existido y que, desde la diferencia social, potenció una falsa igualdad de oportunidades opresiva para el esclavo. ¿De verdad que su realidad, señor meritócrata, le sitúa en igualdad de oportunidades con mi primo cuando en mi familia nunca nadie ha podido tomarse un año sabático en Guasinggggtón para aprender el idioma del Imperio? Estoy pensando en que debe hacer usted un viaje a las Alpujarras durante una semana para hacer una inmersión lingüística con los nativos locales y su uso del habla. Probablemente pueda usted dedicarse a la antropología rural financiado por una fundación privada de las que desgravan a las grandes fortunas.
Partitocracia o lo que los ultraderechistas modernos llaman partidocracia es otra de las patas del discurso indignado. Es llamativo que de partitocracia o partidocracia hayan hablado pensadores reaccionarios como Gustavo Bueno o Gonzalo Fernández de la Mora, como lo es que la crítica a la democracia de partidos venga también hoy de los sinarquistas mejicanos –movimiento con claras influencias nazifascistas-, en el pasado y el presente del populismo peronista, que necesitaba de la crítica a los partidos para imponer una doctrina política transversal (expresión que tanto gusta en el 15M) en lo social e ideológico como proyecto de movimiento nacional. Pero el término partidocracia está también muy ligado a pensadores de referencia del nacionalsocialismo como Moeller Van den Bruck, Carl Schmitt o Alfred Rosenberg. Para ellos, la miseria política alemana era efecto de la partidocracia.
Esa música suena ahora otra vez pero tocada por renovados “pianistas”. Wilfredo Pareto, Gaetano Mosca, teóricos cercanos al fascismo italiano de Mussolini trabajaron en su momento alrededor del concepto criticando los sistemas de partidos como ineficaces, rompedores del espíritu y la cohesión nacionales y secuestradores de la voluntad popular en beneficio de los políticos profesionales. Su correlato en Francia sobre estas cuestiones lo representará George Sorel que, a pesar de su origen de socialista de izquierda y de partidario del sindicalismo revolucionario, acabará influyendo en la aparición de los fascismos.
Cierta pereza intelectual en la izquierda, que lleva a tomar préstamos de conceptos ajenos y hasta opuestos a la misma, por aquello del oportunismo ideológico de que hay términos que hacen fortuna, y un origen opuesto a las libertades democráticas burguesas en una parte de ella, le ha llevado en el pasado y hoy de nuevo a acariciar coqueteos políticos con categorías conceptuales que acaban por ser profundamente antidemocráticas.
Hay un bulo que está teniendo marcado éxito que opone partitocracia a democracia y democracia real –como si ésta tuviera un acabado ideal- a representación. Junto al grito del “no nos representan” va unida la idea de un profundo antiparlamentarismo y antipartidismo que no se agota en los principales partidos del sistema democrático. De otro modo no se explican cuestiones como la centralidad de la crítica a la representación, a la institucionalidad política y a los partidos en su conjunto (IU está probando ya las consecuencias de las malas compañías indignadas).
Es curioso que esta crítica la realice gente que sí milita en partidos, aunque lo oculte, que da vida a partidos nacidos del 15M y que acaba llevando al Parlamento su manifiesto y sus peticiones. ¿Qué pasa entonces con el “no nos representan”? Sencillamente que el oportunismo es una más de las “virtudes” de lo indigno. No hay una sola democracia en sociedades de masas y complejas, que superen la dimensión de la tribu, que no se asiente en un compromiso con la representación y que no se base en los partidos políticos. Lo contrario es movimiento nacional, partido único y dictadura. La deriva del discurso sobre la partitocracia está llevando a giros argumentales que cuestionan el % de representación para decir si es democrática o no una elección, el % del voto sobre el total del censo en que se asientan los gobiernos (el rotundo éxito que tendrá el PP el 20-N seguramente será para ellos mucho más “democrático”), oponiéndolo a los indignados que salen a las calles, como si estos fueran ideológicamente homogéneos y a una supuesta representación, de pretendida mayor calidad, que se basa en unos cuantos miles frente a los millones que ejercen su derecho al voto. Un evidente camino hacia el movimiento nacional.
Recuerdo aún una frase de Blas Piñar cuando con un solo diputado (él) en el Parlamento español de 1979 (Unión Nacional, uno de tantos inventos de Fuerza Nueva) dijo aquello: “entre Dios y yo tenemos mayoría absoluta”. Otro que creía en la calidad superior de la representación por encima de un cierto respeto que el número debe tener.
Quienes creemos en una sociedad socialista no podemos permitirnos el lujo de caer en la trampa de despreciar el pluralismo político que los partidos representan por el hecho de que lagarteranas derechistas, disfrazadas de pseudoizquierdistas, pretendan vendernos la democracia de partidos como mera democracia burguesa o incluso como algo opuesto a la “democracia real”. Y ello porque nadie nos regaló el derecho a poder votar a o militar en nuestras opciones de izquierda y porque el día en que los “anti-partitócratas” pudieran imponernos su voluntad la gente de izquierda seríamos los primeros represaliados por estos “demócratas reales” (5) que callaron cuando se rechazó el derecho a una parte del pueblo vasco a verse representada por una organización democrática como Sortu.

NOTAS:
(1)http://noticias.universia.es/publicaciones/noticia/2009/09/09/659058/espana-mejora-porcentaje-titulados-universitarios.html
(2)http://identidadandaluza.wordpress.com/2011/06/09/dry-los-35-principales/
(3)http://movimiento15m.org/foro/discussion/556/meritocracia-y-transparencia/p1 y también http://poderenlared.com/?p=1266 y además http://preparemonosparaelcambio.blogspot.com/2011/07/meritocracia-propuesta-para-futuro.html
(4)http://www.enriquedans.com/2011/07/vuelve-nolesvotes-es-el-momento-de-los-ciudadanos.html
(5) Y si quedan dudas, sirvan de referencia estas frases: “A estos interesados ofrecimientos de guiar el movimiento, la respuesta debe ser una apuesta por la fraternidad, mucho más humana que la vanguardia, y más permanente.
El ofrecimiento puede ser indirecto, más insidioso, apelando al sentimiento antes que a la inteligencia, y viene del pasado en forma de banderas. Con estrellas, con puños, tricolor republicana, con hoces y martillos y múltiples otras siglas y logotipos, enhiestas en sus mástiles, gritándonos a todos su mensaje de soberbia: ¡Yo sé el camino!. Y mientras más grande sea la bandera, mayor es el conjunto de prejuicios que la juran.
La respuesta del 15M es simple y directa: tu camino no me interesa, ven y busquemos juntos uno nuevo, ¡sin banderas!. Cada revolución crea sus propias banderas, y antes que esto suceda, las viejas banderas son un insulto a la inteligencia creativa e inventiva de los humanos y un recuerdo de otras derrotas”: https://sites.google.com/site/platosllano/los-obstaculos-del-15m Al final, para estos, el problema es la izquierda.
marat-asaltarloscielos.blogspot.com